miércoles, 30 de enero de 2008

Diario de un perro

Oskar Panizza fue el hijo de un padre católico-fundamentalista y de una madre ultraprotestante. El padre quiso asegurar que la semilla que perpetuara sus genes fuera apóstolica y sacroimperial. Así se reflejo en su testamento hasta que momentos antes de cascar el poleo y doblar la servilleta cedió a las presiones de su mujer, santa y más sajona que germánica. Oskar sería protestante.

Su madre lo fue educando para pastor hasta que el gusanillo agnóstico entró en Oskar y todo fue cambiando. Oskar sólo pensaba en el condicionamiento sexual, mucho antes de que Freud confundiera la literatura con la medicina. Y ensuciara ambas cosas.

Oskar acabó en un manicomio gastando su tiempo en pendencias a causa de la herencia. Materna.
Hoy, Joselito, el ruiseñor, insigne sátrapa, como Ángel, come cangrejos crudos sin poner mala cara. Tanto Oskar como Joselito nos anuncian la supervivencia como una planificación estratégica caótica. Un día a día sin menú. Un erial.

Por cierto, hablando de menús del día, el que suscripte se va a El Estoque, regentado por Pedro Vicente Martín, un hombre con tres nombres propios y una despensa en la que el fin no se ve.

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